Ya se ha pasado la navidad. Esto fue lo que me dijo Pelotillo el 25 por la noche, de vuelta a casa, después de la comida familiar.
A mí se me cayó el alma a los pies.
Es habitual que para algunas personas la llegada de la navidad sea motivo de tristeza. Bien porque echan de menos a un ser querido que ya no está, porque recuerdan algún acontecimiento desagradable que coincide con esa fecha o porque precisamente en esas fechas en las que aparentemente todo el mundo está feliz y contento es cuando más contrasta un estado de ánimo triste que se agrava aún más.
Mis peores catástrofes han rondado siempre la navidad. No sé si porque en esas fechas se produce un efecto resumen del año/vida y la gente toma decisiones que antes no creía necesitar o porque entra prisa por apurar los cambios para empezar el nuevo año estrenando situación vital, incluido mi propio organismo.
En realidad en estas fechas la gente no está mucho más alegre ni divertida, si obviamos las copas de las comidas y cenas de navidad.
Más bien parece que estemos complacidos con el ambiente que se crea alrededor, imbuidos por ese sentimiento apacible, familiar, obsequioso que lo impregna todo y nos hace querer ser mejores personas.
Aceptamos blandamente el trance y somos más condescendientes, todo es luz, color, brillo, pensamientos positivos (en teoría) alrededor de qué regalar, cómo preparar la cena, la comida, etc. Acompañados también por los negativos de las prisas para comprar, inmolarse anímicamente al entrar en un centro comercial atiborrado de gente, no saber qué escribir en la carta a Papá Noel y a los Reyes en nombre de tantas personas, cómo impresionar el estómago de los invitados sin apenas cocinar...., llegar a fin de mes..., no coger cuatro kilos extra que nos obliguen después a meter tripa para entrar en los pantalones...
(Para eso se hicieron las rebajas, para renovar el vestuario después de las fiestas porque ya nada te vale, pero a la mitad de precio que si no en pelotas que íbamos a ir).
A mí lo que me deprime es precisamente que se acabe toda la magia. Las navidades como adulta no son lo que era de niña porque son una carga de trabajo extra pero me gusta reunirme con mi familia, respirar el ambiente festivo, ver la iluminación de navidad, ver películas sobre navidad, escuchar canciones navideñas -aclaro que no los villancicos-, los anuncios de perfumes...
Sí, me gustan los anuncios de perfumes. Están cargados de promesas y puntos y a parte de lo más interesantes. Tienen una magia que fuera de esas fechas no pega (chirría)...No me miréis así, por algo semejante sería que elegí Publicidad, ¿no?...Jo.
Hay unos cuantos momentos perfectos en la navidad (como adult@):
-ver una buena peli que reponen en la tele en las noches previas a los días señalados, a ser posible tarde, que descubres por casualidad cuando todo está en silencio, y con poca compañía (no más de uno)
-ayudar a la Corte Real y Papal Noélica, a envolver regalos a altas horas de la noche mientras escuchas de fondo una buena peli, o no tan buena, que ya has visto; o escuchas música tranquila. O tu programa de radio favorito (el mío es de madrugada pero si no también vale un podcast).
-escribir, (generalmente fuera de fecha porque es en las noches previas a nochebuena) felicitaciones de navidad que no has podido enviar antes (yo este año no he enviado ninguna).
-la noche del uno de enero disfrutar de un merecido descanso en el sofá pensando con alivio que se acabó la paliza pero aún te queda Reyes para saborear los últimos momentos navideños.
Entre las cosas que no me gustan nada de la navidad está la interpretación religiosa. Respetar respeto pero no hay cristiano que me convenza de que no es más que una tradición.
Tampoco me gustan los dulces navideños, solo el roscón de reyes y los turrones de chocolate pero éstos prácticamente no cuentan porque no son muy turrones, son como tabletas de chocolate vestidas de gala.
Algo que no entiendo aunque tenga toda su lógica es desearse "feliz salida y entrada de año". Es lógico porque uno se lo suele decir a la gente que va a ver nada más empiece enero -no es plan de desear felicidad para el año entero si te vas a ver todos los días- pero sin embargo no se utiliza en las felicitaciones, donde se suele decir "feliz año" o "feliz 2012".
Quizás es que la tradición de las uvas es más peligrosa de lo que parece y tememos por la salud de nuestros congéneres, más concretamente por la muerte por atragantamiento.
Tradición la de las uvas por cierto que puedo incluir entre las cosas que no me gustan de la navidad. Solo una o dos veces en mi vida he conseguido comérmelas a tiempo. Debería decir que el resto de veces ni lo he intentado y siempre empiezo antes. Eso de felicitarse el año justo después con los mofletes hinchados como los de un hamster disparando pepitas a discreción con cada beso me resulta incómodo.
Pero notar que la casi docena de uvas dentro de la boca se asoma peligrosamente a mi garganta me angustia.
Lo que llevo fatal es que se acabe la navidad y empiece enero, como si nada hubiera pasado. Me entristece y necesito quitar los adornos en seguida, que si no parecen caídos después de una batalla perdida en la que no hay vencedores.
Como una jarra de agua fría llega el mes más empinado, con su realidad cruda y dura, seguido de un montón de largos meses por delante para trabajar, madrugar, suspirar por puentes o por las vacaciones de verano y donde te tienes que quitar todo el encanto navideñil de un manotazo y ponerte la máscara de soldador para caminar entre el gentío camino de un año nuevo. Se acabó la ciudad iluminada de noche, ya no hay que pensar en el prójimo y todo el mundo tiene el mismo mal café de siempre.
Menos mal que vivo en España y aquí se celebra el 6 de enero que si no, no sé qué haría yo con una navidad tan corta. Probablemente tendría que suicidarme con una pistola de polvorones.





