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25.5.11

Quítame el juicio

Ayer fui al dentista. Snif.

Me han extraído una muela del jucio. Snif.

Sí. Lo sé. Poco a poco voy perdiendo el juicio por la boca.

No me dolía. No me molestaba.

Me la he quitado por recomendación del dentista.

Se me hace muy raro desprenderme de algo tan mío que en principio está sano.

Es como si me lo hubieran arrancado. (Y así ha sido).

El cirujano tardó lo mismo en extraerla que en anestesiarla.

Increíble.

La tarde de ayer no pude saborearla como pensaba.

Podría haber suplantado a Edward Norton en una escena de El Club de la Lucha.

Brillos metálicos al salir de la sala a la tarde veraniega.

Lo mejor fue el helado que me trajo Pelotillo.

Me recordó cuando de pequeña me quitaron las amígdalas.

Eso sí fue una verdadera masacre.

Aunque me hacían daño, las pobres. Menuda venganza.

Lo mejor de entonces eran tres cosas: la inconsciencia infantil sobre las dolencias, el no poder hablar y el momento en que llegaba mi padre de trabajar con el consabido helado.

Me voy a poner nostálgica.

Lo de no poder hablar tenía algo de angustioso aunque cuando eres pequeñ@ basta con confiar en el criterio de los adultos que todo lo saben y esperar. Cero responsabilidad ni obligación de actuar.

Me quedan unos días de empastillamiento. He reinterpretado la receta y me distribuyo el antibiótico más espaciadamente sino me quedaré para el arrastre. Tomar decisiones variando el criterio de alguien que puede que sepa más que tú. Esperar a haber acertado.

Entiendo la magia de la fe. La religiones tranquilizan. Puedes confiar en que todo seguirá su camino, cerrar los ojos y dejarte llevar.

Mi sonrisa conserva aparentemente todas las teclas.